Cambio de planes perfecto

Un día antes de Nochebuena me llama uno de mis mejores clientes y me pide (exige) lomo de ternera lechal. Como todo buen cliente, sabe ser un cabronazo perfecto y apretar hasta el límite, por ello de nada sirvieron mis explicaciones de que los que tenía guardados iban a ser nuestra cena. Ya en su cocina le hice ver que me había jodido y que me ayudara a buscar un buen sustituto. Tras enumerarme varios clásicos, a cual de ellos me convencía menos, tuve la suerte que pasaba por allí el pinche alcahuete y de repente me suelta: “Mi abuelo vende gallos de corral” …. veinte minutos después, estábamos entrando por la puerta del corral.
Y allí estaba este chulito cual hortera de discoteca, rodeado de gallinas e indicándoles una a una en que lugar se las iba a pasar por la piedra. Angelito.

Al grito de “banzaaaaaai” me lancé ofuscado en su captura, si bien el bicho me sacaba la ventaja de que conocía el corral y se refugiaba estupendamente. Tuve que tirar de toda mi antigua pericia como portero futbolero, para en una de esas atraparlo a media altura, y controlar mis impulsos de no sacar al delantero que se desmarcaba. Por el tema de los piojillos no me preocupé mucho, en mi cabeza no tienen donde agarrarse.
Bien, una vez atrapado y coreado por sus gallinas como si de un héroe se tratase, había que pasar a sacrificarlo, algo poco reconfortante, pero un paso necesario para su degustación sin atragantarse con las plumas.
Después viene el momento “ostia, ostia”, pues para desplumarlo hay que pasarlo a un recipiente y volcarle agua hirviendo para que se ablanden los cañamones, y sin pensárselo un minuto, meter las manos y empezar a quitar plumas, si es que aun te queda sensibilidad en los dedos.
El perrito también quería ayudarme.

Una vez bien limpito de plumas se lardea para quitarle lo que nuestras manos escaldadas no pueden.

Un paso poco agradecido y no apto para no iniciados ni para estómagos débiles, es limpiarle por dentro. Hay que tener cuidado de no reventar alguna tripa y muy importante, quitarle la hiel al hígado cual artificiero delante de una bomba, pues si ésta se rompe, todo aquello que haya salpicado lo podemos ir tirando.
Se deja que pase frío al menos durante una noche, y lo partimos según nuestra habilidad nos permita.


Como comprobareis este gallo natural y de corral auténtico, no tiene nada que ver con esos de color amarillo chillón, que venden en los lineales de los supermercados y se empeñan en hacernos creer que son de corral, este gallo de piel dura, muslos gelatinosos y pechuga firme, también comía maiz y no servía precisamente para señalizar un accidente de noche en carretera. Para todos aquellos que intentan engañarnos, les dedico esta bonita foto.

Por último se busca una buena receta, se le da el toque personal que uno crea conveniente y …

5 comentarios:

Antonio Lopez dijo...

muy instructivo el post, veras como eres el responsable de algun accidente de algun valiente que se ponga a matar al gallo jeje
y esa receta que???? es secreta???? la esperamos ansiosos

Ose dijo...

Antonio, la receta que hice está enlazada. Es una del maestro Abraham García y es bastante clásica y fiel a la que se hacía en mi casa. Mi aportación tan solo fueron unas cebollitas de esas enanas que sirvieron de guarnición.
Esta aquí:
http://www.elmundo.es/magazine/num55/textos/receta.html
Tengo que decir que sobró un poquito que está a la espera de un posible y pantagruélico arroz.
Y por los accidentes no preocuparse, que así se aprende. Eso si, aviso de que los gallos pican .... y duele.

Matoses dijo...

Ose,
¡Esos son reflejos!
Brutal el video, por cierto.

Ose dijo...

Yo me descojono con el video, Matoses. Cuantos de esos se han visto y me imagino que seguirán viéndose.

Antonio Lopez dijo...

joer estoy tonto, no habia visto ni el video ni la receta jeje.
casi me llama mas ese arroz....que maravilla