De aquellos tiempos recuerdo que en las noches de verano, se hacía una ensalada de tomates con bastante aceite de oliva, ajo y pimiento, donde se le incorporaba bacalao, sardinas o incluso tocino. En la salsa que se formaba, se sumergían los trozos de pan duro, que se empapaban y eran un deleite, tanto en sabor como en alivio para nuestras encías sangrantes.
El otro día divisé a uno de esos señoritos, ahora “señoritingo andrajoso venido a menos”, y no sé por qué, me acordé de aquellos tropezones llenos de sabor, cuando era mas fácil recordar como engullían chorizos y lomos sin parar. Y lo primero que hice, fue buscar una panadería donde encontrar un pan medio decente y a ser posible que fuera redondo, pues mi intención era de hacerlo a modo de panzanella rústica.
Esperé tres días para que el pan me recordara viejos tiempos. Le abrí una pequeña ventana en la parte superior y saqué toda la miga con el dedo corazón para disfrute del picarón pan. Oh, sorpresa! aún no estaba muy duro. Por tanto, decidí tostar la miga con un par de ajos majados, suavemente con el grill.
A continuación rayé dos tomates hermosos (en casa somos delicaditos con la pellejada), y le añadí media cebolla, un ajo, un pimiento verde, un pepino y dos güevos, todo ello picado fino (las uñas, las apartáis) y unas migas de bacalao (opcionales). Este mejunje se envuelve bien con bastante aceite de oliva y se mezcla con la miga tostada.
Ya que estaba el grill con ganas de jugar, le metí el pan con un ajito restregado por toda su cara.

Y sin mas dilación, y con miedo a que llegara uno de los señoritingos venidos a menos a zampárselo –tienen un olfato especial para caer donde pueden buitrear-, nos lo comimos a la velocidad del rayo, con tan solo unas servilletas como plato, que trabajaron de lo lindo en la recogida de churretes. Yummm!!!