
Hace unos días en un conocido blog, se comentaba que mucho rabo de toro en las cartas de los restaurantes y pocas corridas. Ni siquiera el ganado bravo de desecho es suficiente. Y es mas, ni siquiera la cabaña bovina española –ya sean machos o hembras- sería capaz de suministrar tanto apéndice. Y si el rabo es un problema, imaginaos el ínclito solomillo de “ternera”, o el chuletón de buey (que están semi-extinguidos).
Entonces, por qué en cualquier carta de restaurante o mostrador de carnicería que se precie, nos venden “rabo de toro” si tan solo era una ternera mansa o un chuletón de “buey” si aquello era una vaca vieja que ni los leones la querían?
En el aspecto defendible lo veo como una forma de no confundir y aprovechar algo que ya está instaurado y todos conocemos. Cuando te compras un coche dices la marca y el modelo, no si es la versión TDI, QSY, QTC, o si tiene tantos caballos, cilindros o miles de puñeterías en el salpicadero.
Ahora bien, si te has comprado un coche que te ha valido una pasta y quieres que los demás sepan lo extraordinario que es, además de contar todos los extras, vas a enseñar hasta el libro de las revisiones, y hete aquí, donde yo veo el problema, pues rara vez nos enseñan o muestran la trazabilidad del producto, el género antes de cocinarlo, un miserable albarán o aunque sea una puñetera fotografía del bicho. Por qué? Porque rara vez es un toro de lidia, un buey trabajado o una ternera rosada de los pastos norteños.
Y así seguiremos por los siglos de los siglos, mientras las autoridades miren para otro lado -si es que se han dado cuenta-, la profesionalidad de la cadena alimenticia se fundamente mas en el beneficio que en el producto y el cliente sea tan exigente como un niño de teta.
Donde decimos carne, podemos poner pescado, hortalizas, vinos, …..