Amiga, entra fuerte en mi pecho ...

En un principio os iba a comentar de como un tripero como yo estuvo anhelando durante meses que cambiara el tiempo para poder meterme entre pecho y espalda un cocido de los de antes, un cocido contundente con toda su chichanga donde las ele caseis de los cojones son bichos non gratos, pero por supuesto elaborado como antiguamente, en un puchero inconciente de la rapidez y al amor de la lumbre. Pero no, os vais a quedar con las ganas porque prefiero contaros otra cosa mejor.
Por fin, ayer domingo y como viene siendo habitual en un buen fin de semana especial para pobres, salió el día bastante pardo dando paso a un espectacular achique de aguas en los cielos que duró todo el día.

Comenzamos temprano, sobre las 10 de la mañana, pues para poder disfrutar de semejante prodigio del arte culinario, se necesitan de cuatro a cinco horas. Hay que preparar un fuego digno, como si fuera el trabajo escolar del día de la madre para un pirómano cabrón. Cuando tuvimos algo de brasa acomodamos en el puchero todas las carnes bien prietas para que al cocer no se rompiesen y preparamos otro cachibache para ir cociendo las morcillas y a la vez tener agua caliente para ir agregando al cocido.

Pasada una hora y media de cocimiento, decidimos que le había llegado el turno a esos garbanzos que habíamos comprado a granel a una señora con cara de arpía y que nos había asegurado que eran de la última cosecha.

Dos horas y media mas y le añadimos una patatas en forma de cachelos. Tan solo había que esperar otros 45 minutos. Os puedo asegurar una cosa, mi impotencia por la espera fue similar a cuando nació mi hija y eso que me tuvieron 7 horas en una sala de espera. Diosssss, no sabía que hacer!!!, iba y venía tantas veces a ver el puchero que había quemado todo el colesterolazo que después iba a engullir. Hasta que por fin alguien dijo “ejto´tá güeno”,

Uf! me entraron tales nervios que me bloqueé y no sabía ni donde sentarme, si comer con cuchara o directamente con cucharón y hete aquí que llegó la gran consulta, “¿hacemos sopa?”. Amos no me jodas, llevo casi 5 horas esperando y ahora me venís con caldáfiro …. En fin, por la puñetera desesperación, decidí hacerlas yo mismo. Me pasaron un pan que debía de ser con el que Jesucristo hizo el milagro y lo corté en finas láminas, lo puse en una fuente y le volqué el caldito del cocido. Las removí bien para que espesaran y me dispuse a servirlas entre los exasperados comensales.

Quería comérmelas cuanto antes para hincarle el diente a los garbanzos y a las carnes, cuando de repente ¡ LA MADRE QUE ME HA PARIDO !, sentí en mi boca una explosión de recuerdos de mi infancia, a sabores puros y naturales, sentía como mis papilas gustativas explotaban en un orgasmo incontrolable, un éxtasis capaz de encender una entrepierna en mejores circunstancias. Alguien dijo: “ejto e tetita de monja” y si de verdad el pecho de una monja sabe así, no me extraña que Dios se las haya reservado todas para el solito. A mi tan solo me salió de la boca aquella maravillosa canción de Medina Azahara: “Amiga entra fuerte en mi pecho, empuja con la fuerza de un ciclón, alegría quiero ver en tu mirada, en mi pecho hay un sitio para ti”.