
No, no me he hecho contorsionista, pero todo se verá.
Me refiero a comerse un huevo frito como tal, esto es, el fruto de la gallina abierto con suma delicadeza tras un ligero toque de precisión y volcado suavemente sobre aceite de oliva virgen. Esto es un huevo frito, todo lo demás es artificio. El jamón, las patatas, el chorizo, la sobrasada, patatera, el vinagre, bacon, tomate, ajo, cebolleta e incluso la sal son una boutade que si bien conforman una pandilla de amiguetes irresistible no dejan de ser invitados de excepción.
También en el alambre de la parida se encuentra el tema de las temperaturas o formas de hacer, como el huevo soñado de Adriá friendo la clara y añadiendo la yema después o el famoso y desesperante huevo a 62 grados, que pueden estar bien ricos pero que cuando te levantas un domingo por la mañana con ganas de algo bueno, no dejas de pensar que son una auténtica gilipollez .
Animado por esta vorágine, este fin de semana me he animado con una creación que un amigo me recomendó y que por su sencillez se acerca a mi cátedra purista del huevo frito.
Para ello, se fríe un huevo (o dos o una docena, según como tenga uno el colesterol) y por otra parte se tuesta una rebanada de pan. Frito el huevo se coloca en el plato, se volea de sal, se desmenuza encima la tostada de pan y por último se le añade un buen chorreón de ese aceite que te costó como un güisqui de importación.
Romper, remover, zampar y santiguarse por si acaso existe Dios, darle las gracias por semejante prodigio.
Pd. Este post me da pie al siguiente de aquí abajo.




