Todo ello se ha cumplido y he sido absolutamente feliz, pero hubo un día que me valió por otra semana mas y que da pie al título de este post.
Muerte
Había quedado con Jesús (el de la chuchiteologi) que me llevaría a caminar un día y quedamos en salir a las 8 de la mañana. Todo empezó con normalidad, Jesús se retrasó 15 minutos porque la noche anterior se había acostado tarde, nos metimos en el coche y empezamos la subida, dabuten, iba como una reina. De repente me hizo aparcar en un andurrial y me dijo que empezábamos a andar. Nada mas salir del coche, supe que allí podrían ser mis últimos minutos de vida, hacía un frío espantoso acompañado de un aire capaz de llevarse a un tonelete como yo por delante y dos cuestas para arriba que hubieran hecho palidecer al mismísimo Pantani. Una vez acabamos las dos primeras subidas llegamos a un punto donde el panorama era desolador, cuestas y cuestas y cuestas. Jesús tiene 59 años pero subía como si fuera un hijo dopado de Indurain y Lucho González, ¡que cabrón!, y mientras tanto yo iba detrás cual gregario mierdecilla sin resuello alguno.
El aire, el frío, las cuestas, el puto tabaco y mi pachorra me estaban matando, los pulmones me ardían y la garganta era un estropajo, así que decidí que había llegado el momento de beber un litro de agua como mínimo, ¡me cago en mi puta estampa! ¡me olvidé de meterla en la mochila!. Os aseguro que pensé que ya no volvería a escribir una sola palabra mas en este blog. Y ya no os puedo contar mas de la subida, creo que entré en un estado de inconciencia donde funcionó todo menos el cerebro.
Pasión
De repente llegamos a algo que al menos a mi me pareció el paraíso,
un ermita con la casa del ermitaño y ¡una fuente!.

Sacié mi sed con ansia y escuché la voz de Jesús que me llamaba desde la casa del ermitaño.

La puerta de bienvenida me descolocó,
Pero enseguida me entregué a algo que ya creía desaparecido y que realmente me fascinó: el ermitaño. No era una imagen como las que aparecen en las películas de un hombre colgado, vestido con trapos y largas barbas canas, era un tipo sencillo con ganas de charla, buen humor y que de vez en cuando baja al pueblo a “pimplarse unas garimbas”. Tiene televisión, radio, un sillón, chimenea, cuarto de baño, gallinas y un montón de judías verdes para secar.

Allí recogidos del frío y aire que amenazaban fuera, entre risas y anécdotas, hice uno de los mejores desayunos que recuerdo.

Me despedí del ermitaño mostrándole mi admiración y respeto e indicándole que cuando se jubile, si no encuentra a nadie que me llame, que lo pensaré.
Vida
La bajada fue maravillosa, llevaba las pilas cargadas y disfrutaba del paisaje.



En una de las conversaciones con Jesús, le confesé que podía estar toda la vida a base de comer chuletones, bacalao y boletus, y él asintió y nada mas.
La familia me esperaba con otra sorpresa, visitar un castillo en ruinas

y un maravilloso pueblo llamado Trevejo,

donde sus 24 habitantes (solo hay que ver el cementerio)

ven rota su soledad por los turistas que por allí pululan.
Por fin a las dos de la tarde llegué al chiringuito número 1 de Europa, y allí con una sonrisa de oreja a oreja me esperaba Jesús con una enorme bolsa de boletus edulis, que tras dar el visto bueno los sometió a la plancha con pimientos verdes.

Boletus, costillas, choricillos, algo de vinito, un par de güisquis y conversación.
Fue un día, a mi parecer exquisito, en el que aprendí a valorar la sencillez y la generosidad que aun queda en muchas personas de este mundo y aunque no lo parezca, aun están ahí.